Con las marchas de este miércoles, sin alteraciones, la democracia queda fortalecida. Se prueba que la calle es el nuevo ágora, el lugar de vigilancia al nuevo Gobierno y el punto de encuentro de la izquierda democrática
Por Hubert Ariza*. - El pasado miércoles 14 de octubre fue el primer round de la pelea entre la nueva derecha y la oposición de izquierda por el dominio de las calles, que es el escenario donde la sociedad civil, los sindicatos, las víctimas, los estudiantes, los indígenas, afros, campesinos y los partidos de oposición comenzaron a expresar, en todo el territorio, su descontento con un Gobierno que apenas lleva dos meses en el poder.
Un Gobierno que ha pateado el tablero político, con su embestida contra las reformas que impulsó su antecesor, al que culpa de todos los males que aquejan a la nación, especialmente la consolidación territorial de las guerrillas y paramilitares, el crecimiento del narcotráfico, la corrupción y el déficit fiscal.
Más allá del show mediático de los protagonistas de la política y el embrujo de las redes sociales, impregnadas de desinformación, odio y estigmatización, es la calle el lugar donde se evidencia, una vez más, la fractura social de un país marcado por la polarización y el deseo de revancha de una izquierda que perdió el poder, en las elecciones pasadas, por una diferencia de 250 mil votos.
La calle también es el lugar donde la democracia se pone a prueba, se mide la madurez política y los aprendizajes de sesenta años de conflicto armado interno, en los que los actores armados ilegales han buscado arrebatar y suplantar los liderazgos sociales, asesinando a dirigentes y opositores a sus métodos brutales. Que de manera pacífica hayan salido a protestar decenas de miles de ciudadanos, sin levantar banderas reivindicativas puntuales o corporativas, y sin que se presentaran graves casos de violencia, es un enorme éxito de la democracia.
El presidente Abelardo dijo que apenas 62 mil personas habían marchado. Las imágenes que mostraron los medios y las redes sociales mostraron una masiva participación en varias ciudades. Más allá de si se minimizó el tamaño de la protesta, o la oposición infló las cifras, lo verdaderamente importante es que el Gobierno reconoció que fue una protesta pacífica y que solo 6 personas, en todo el país, fueron detenidas por violar el recién expedido decreto 1525 de 2026, que regula la protesta social.
Es importante reconocer, asimismo, que de la marcha no salieron titulares de jóvenes víctimas de brutalidad policial, como en los graves hechos que sacudieron a la opinión pública durante el estallido social, entre abril y julio de 2021. Las cifras de esas movilizaciones son traumáticas para cualquier democracia. Según los registros de Naciones Unidas, 63 personas murieron, de ellas 46 en medio de las manifestaciones. La imagen que sacudió a la opinión pública fue la de jóvenes que perdieron los ojos, o murieron por armas de fuego de uso oficial.
Que el nuevo decreto no haya significado un desbordamiento de la Fuerza Pública expresa madurez democrática de los uniformados y respeto de la vida por parte del Gobierno nacional.
Lo que muestran los acontecimientos es que es en la calle donde se juega el futuro de la democracia. Es allí donde se medirá, de manera reiterativa, qué tan hondo cala la cruzada ideológica y religiosa de una nueva derecha empoderada, ansiosa de expandirse, multiplicarse, consolidarse y perpetuarse, que pretende guiar el país, por largo tiempo, por el sendero de la lealtad al trumpismo y a Israel, izando la bandera de la seguridad.
El restablecimiento de las relaciones con ese país, la apertura de la sede de la embajada de Colombia en Jerusalén, la salida de Colombia del Grupo de la Haya, el retiro de la intervención de Colombia en el caso de Sudáfrica contra Israel en la Corte Internacional de Justicia, el reinicio de venta de carbón a ese país, son giros que marcan el nuevo rumbo que el Gobierno ha dado en su politica exterior. Durante el cuatrienio del Tigre, Israel es, más que un aliado, un soporte vital de la nueva derecha colombiana. Palabras como genocidio o solidaridad con Gaza están desterradas del vocabulario oficial.
Y en la calle, ese giro ideológico se siente. Miles de marchantes del pasado 14 de octubre alzaron de manera retadora las banderas de Palestina, mientras Israel guía la acción de una Cancillería que borró la agenda internacional de Petro.
La calle es el lugar, además, donde la izquierda mantendrá activos a sus millones de votantes de 2026, pensando en las próximas elecciones de 2027, en las que se escogerán alcaldes, gobernadores, concejales y diputados, y se reconfigurará el poder territorial con la mirada puesta en las presidenciales de 2030.
Si la izquierda no pasa de la calle al poder territorial, retomando las riendas de la alcaldía de Bogotá, por ejemplo, será incierta cualquier posibilidad de regreso al poder nacional. Lo que está en juego no es solo quién llena más calles, sino quién llena más urnas y pone más mandatarios en espacios de poder regional. Por ello, la opción de que Petro sea alcalde de Bogotá no suena a cuento chino. Con casi trece millones de votos obtenidos en la segunda vuelta, la izquierda tiene razones para soñar con construir escenarios de poder en alcaldías y gobernaciones.
Defensores de la Patria compite por ese mismo escenario, para pasar de un partido con cero credenciales regionales a una fuerza regional que consolide la doctrina de seguridad del presidente.
El gran reto que tiene la izquierda es superar la crisis de la derrota, construir una plataforma que movilice a sus electores y posicionar una narrativa que deje atrás el canibalismo y avizore un nuevo activismo, más propositivo y conectado con las necesidades de la gente, incluso la de impedir que el país se desbarate en medio del fanatismo y triunfe la batalla presidencial por blanquear la cultura y reescribir la historia.
Y es en la calle, asimismo, donde se sentirá el ímpetu de la oposición, que “no copea”, como gritaba la muchedumbre en la Plaza de Bolívar el 14 de octubre pasado, y tiene el liderazgo de un Petro decidido hoy, como siempre, a inmolarse y convertirse en mártir. Un exmandatario elegido por unanimidad jefe del Pacto Histórico, con el propósito de alinear a su fuerza parlamentaria y a sus bases populares en todo el país, para enfrentar a la nueva derecha, desafiar al presidente Abelardo y su guerra contra el comunismo y la cultura woke, un concepto que no le dice nada a la mayoría de los colombianos. Se trata de una teoría importada de la política norteamericana, del corazón de la narrativa trumpista contra el Partido Demócrata, que en Colombia solo entiende una minoría.
En conclusión, la calle es el nuevo ágora, el lugar de encuentro de la izquierda democrática, que deberá estar blindada contra la indebida intromisión de los actores armados ilegales. Y la liderará, desde la oposición, un Petro al que no lo frenan los truenos ni los aguaceros. Es la calle, además, el lugar donde se validará la agenda de seguridad y anticorrupción del Tigre y su discurso de respeto a la protesta social y repudio a la violencia, que justifica la expedición del decreto 1525.
La democracia sale fortalecida cuando los manifestantes regresan a casa sin un rasguño, y el Gobierno se fortalece cuando aplica la ley y respeta la protesta social.
Bogotá, D. C, 16 de octubre 2026
*Periodista, internacionalista y analista político.
Tomado de El País.