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Por Mauricio Cabrera Galvis.- Las motocicletas se han convertido en el principal medio de transporte privado en Colombia. El año pasado se matricularon 660.000 nuevas motos, completando 6.2 millones circulando en el país, lo que quiere decir que en promedio uno de cada dos hogares colombianos tiene moto.

Hasta el año 2010 había más carros que motos, pero en los últimos años las motos los han desplazado, tanto en las ventas anuales –el año pasado las matrículas de carros solo fueron 326.000– como en la cantidad de carros en circulación, que son 5 millones.

El impacto social y económico de esta tendencia es una verdadera revolución. No conozco estadísticas de la distribución de la propiedad de motos por estratos socioeconómicos, pero es posible que la mayoría sean hogares de los estratos 1, 2 y 3.

Tener vehículo es una mejora sustancial en la calidad de vida y da una mayor libertad al desplazarse. Se deja de usar el transporte público, con ahorros en el costo de los pasajes pues la moto puede movilizar 2 o tres personas de la familia a sus sitios de trabajo o estudio. Por eso el número de pasajeros movilizados en el transporte público ha caído cerca del 30% en ciudades como Cali y Barranquilla, y más del 50% en otras como Sincelejo y Montería.

Además, hay mayores posibilidades de recreación, y por eso en las noches de fin de semana se ven centenares de motos parqueadas cerca a los bares y sitios de rumba, y en las carreteras motos con familias enteras.

Hasta ahí todo bien y bienvenida la proliferación de motos pero, como no hay almuerzo gratis, estos avances han tenido costos. El más dramático ha sido la vida de los mismos motociclistas. Según Medicina Legal, en el 2013 hubo 2,754 motociclistas muertos y 21,171 heridos en accidentes, frente a solo 475 muertos y 3,336 heridos en carros y camperos. Otro problema es la gran informalidad del mercado de motos que permite que cualquier persona sin experiencia ni inteligencia vial compre una y salga a las calles.

Para que las calles y las carreteras no se conviertan en una selva donde impere la ley del más fuerte, se necesita actuar y eso les toca a las autoridades.