Por Edward Rodríguez.-Subirse a un bus de Transmilenio en los últimos días se ha convertido en casi un acto de heroísmo, es tal el pánico que se ha apoderado de los usuarios que la mayoría solo toma el bus acompañado, o en algunos lugares donde se puede estar medianamente seguro.
El miedo se ha apoderado de los bogotanos que a diario tienen que hacer uso del servicio de transporte público y temen ser robados, vejados y hasta acuchillados, como sucedió hace unas semanas cuando varios ciudadanos fueron víctimas de un atraco masivo en una de las estaciones de Trasmilenio.
No es para menos, los altos índices de la criminalidad en Bogotá ponen de manifiesto que las bandas que delinquen, trafican, atracan siguen creando serios problemas a las autoridades que no han podido frenar la oleada delincuencial de los últimos años.
El aumento en los índices de delitos como el hurto de celulares (uno cada minuto), el atraco callejero en el cual cerca de 113 personas perdieron la vida el año pasado y el incremento en 124% en el sicariato en la capital colombiana es uno los temas que más preocupan tanto al gobierno distrital como al nacional, al punto que la percepción de inseguridad aumenta y así lo confirman las mismas fuentes oficiales.
Tan solo en los últimos meses Asopartes denunció que se habían presentado 890 hurtos a vehículos, 220 más que en el mismo periodo del año pasado. Estos casos evidencian la grave crisis en que ha caído la seguridad urbana y lo que es peor, no solo en Bogotá sino en otras ciudades como Cali, que hoy hace parte del tristemente célebre top de las 12 ciudades más peligrosas de Latinoamérica.
Todo este panorama nos lleva a pensar que los cambios suscitados en las tres últimas administraciones, han descuidado las políticas de seguridad, basta con mirar los índices alcanzados durante la pasada década donde la criminalidad perdió terreno bajo la política de “seguridad democrática”, que le devolvió la confianza a los colombianos que sentían que caminaban por un país inviable.
Hay que desmitificar y dejar de satanizar la seguridad democrática que ha venido mirándose como una política de guerra. Nada más falaz, pues quienes conocen el verdadero sentido, saben que se trata de que todos podamos transitar por las calles de manera segura y poder sacar el celular, sin temor a ser atracados o simplemente poder disfrutar de los parques que hoy han sido tomados por la delincuencia y se han convertido en los paraísos de la drogadicción.
Bogotá después de ser una de las ciudades referentes a nivel político, cultural y económico, está perdiendo su imagen de ciudad referente, acosada por la inseguridad y el aumento de delitos que hacen que la percepción de sus habitantes la pongan entre una de las más altas del país.
Se necesitan soluciones y estas deben partir de volver a implementar la seguridad democrática, que no solo fue planeada para devolverle la seguridad al campo, sino para hacerla extensiva a las ciudades y para esto se deben adelantar políticas de cultura ciudadana y prevención del delito desde la niñez y la adolescencia para evitar que los niños y los jóvenes sean atrapados por las mafias y las bandas de narcotraficantes que los inducen al delito y los convierten en esclavos del submundo del crimen.
Todo esto acompañado de un sistema integrado de vigilancia y monitoreo de alta tecnología y de planes que permitan beneficiar a los miembros de policía del nivel ejecutivo, así como permitir la celebración de contratos interadministrativos para el aumento del pie de fuerza.
Incluso sería interesante avanzar en medidas de choque que nos permitirían identificar si hoy resulta efectivo que un solo general tenga a cargo la seguridad de más de ocho millones de colombianos que viven en la ciudad o si resultaría más beneficioso que hubieran cuatro generales, es decir uno por cada dos millones de habitantes, dividiendo la ciudad de acuerdo a sus problemáticas bajo el mando del director nacional de la policía. Así mismo, se necesita reevaluar la distribución operativa de la ciudad y los cuadrantes para que estos no obedezcan a criterios de distancias sino de problemáticas.
Quizás de esta forma podríamos mejorar la seguridad ciudadana y ganarle la partida a una delincuencia que sigue atemorizando a los ciudadanos que viven presas del miedo y la desesperación de no poder vivir tranquilos, ni siquiera en sus propias casas.