Opinión
Desafortunada experiencia de la llamada “paz total” no puede repetirse; pero las llaves de la búsqueda futura de la paz no pueden echarse al fondo del mar.
Por Juan Camilo Restrepo*. - El artículo 22 de la Constitución no podría haber sido más claro: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”.
Esta norma no puede ser leída o aplicada con ligereza: la paz como categoría ética tiene una doble cara. Es, de una parte, un derecho de toda la ciudadanía; pero también es una obligación de todos los responsables –ejecutivo, legislativo y judicial- de buscarla siempre que sea posible y necesario. Y esa búsqueda es obligatoria: no discrecional.
Las llaves de la búsqueda de la paz no pueden entonces ser echadas al fondo del mar, por nadie que tenga responsabilidad u oportunidad de intentar aclimatarla. Tal es la lección ética y jurídica que nos deja la lectura desprevenida del artículo 22 de la Carta.
Ahora bien: la búsqueda de la paz no puede hacerse de cualquier manera. Una cosa es repudiar los intentos mal construidos para intentarla. Como fue la llamada “paz total” durante el gobierno Petro; y otra bien diferente que un gobierno afirme que no le interesa buscar la paz. Lo primero, es apenas una conclusión lógica y válida frente a un proceso que fracasó estruendosamente porque se manejó- como tantas cosas durante el gobierno Petro- de manera improvisada y atolondrada. Lo segundo, sería inaceptable pues vulneraría el mandato ético y jurídico que impone el artículo 22 de nuestra Constitución política.
El nuevo gobierno de ADLE ha cancelado todas las mesas de negociación con los grupos armados que encontró funcionando, aunque sin resultados; e igualmente ha revocado todas las personerías negociadoras que quedaban en pie.
Está bien que así se proceda. Pero lo anterior no significa que se pueda renunciar a buscar la paz, sin improvisaciones, bajo el imperio de la ley y con sindéresis. Lo primero es lo responsable: lo segundo sería un desconocimiento de un mandato constitucional que es, a las voces del artículo 22 que hemos citado, de “obligatorio cumplimiento”.
¿Cómo puede entonces el nuevo gobierno, repudiar la “paz total “como venía practicándose, pero al mismo tiempo cumplir-como está obligado a hacerlo -con el mandato constitucional que lo obliga a la búsqueda de la paz como un deber y un derecho ciudadano?
Creo que son dos las condiciones que habría que cumplir hacia adelante:
- Expedir cuanto antes una “ley de sometimiento” como la que por desidia del anterior gobierno se dejó de tramitar. Esta ley debe fijar las condiciones previas a las que debe someterse cualquier grupo armado que desee entablar negociaciones de paz con el gobierno legítimo ( entrega de rutas del narcotráfico, entrega de las fortunas mal habida, papel de las autoridades nacionales y regionales en los procesos de paz, fechas perentorias para iniciar y concluir los diálogos, cronogramas para la entrega de armas y para la reincorporación de los alzados en armas a la sociedad civil, para pasar a hacer política desarmada que es, finalmente, de lo que se trata.
- Compromiso previo al inicio de cualquier mesa de diálogo de paz de respetar el DIH. Los protocolos de Ginebra, firmados después de la segunda guerra mundial, así lo exigen. El derecho de los no combatientes a ser respetados en su integridad por los alzados en armas es un requisito previo para que el estado se siente a dialogar con alzados en armas. Es algo no sujeto a negociación.
Si alguno de estos dos requisitos no se cumple previamente a iniciar una mesa de diálogo, las conversaciones de paz no pueden entablarse con nadie.
En síntesis: la desafortunada experiencia de la llamada “paz total” no puede repetirse; pero las llaves de la búsqueda futura de la paz no pueden echarse al fondo del mar.
Así lo manda perentoriamente el artículo 22 de nuestra Constitución.
Bogotá, D. C, 20 de septiembre 2026
*Abogado y Economista. Exministro de Estado.
Colombia está en un equilibrio de baja calidad en la educación": el presupuesto aumenta, pero "los resultados están estancados en un nivel bajo.
Fernando Cepeda Ulloa*. - El tema de la calidad de la educación preocupa permanentemente a los países desarrollados, como que de su calidad depende buena parte del progreso de una nación. Por eso existen estudios que buscan medir cuál es la situación tanto en el nivel del bachillerato y entiendo que ya se estaba haciendo algo hace unos años con respecto a las universidades.
Recientemente, el 8 de septiembre, la OECD publicó el estudio que hace cada tres años, que es como el informe de calificaciones que se le entrega a los países sobre el nivel de los jóvenes de 15 años en ciencias, matemáticas y comprensión de lectura. Es el trabajo que se denomina PISA. El nuevo informe muestra una baja del nivel de los alumnos en la escala mundial y en casos como el de Francia muestran un deterioro aun mayor que el del promedio de los países. Sobre decir que esto ha dado lugar, inmediatamente, a una gran preocupación y, por ejemplo, una revista como Le Point, del 10 de septiembre, dos días después de publicado el informe plantea ya desde su carátula en la parte superior y en primer lugar el resultado así: " Francia, en lo más bajo. 14 ideas para mejorar el nivel " y luego dedica seis páginas para sintetizar el informe con un titular que dice "La escuela en caída libre" y presenta las 14 ideas para mejorar el nivel suscritas cada una de ellas por diferentes expertos.
No he encontrado nada similar en Colombia y gracias a un experto en materia educativa he conocido el estudio que hizo el Banco Interamericano de Desarrollo del informe de PISA relativo a Colombia en el 2012, que presento a continuación en sus principales observaciones que transcribo literalmente:
Desde sus inicios en PISA en el 2006, Colombia mejoró en lectura.
Colombia está entre los países de más bajo desempeño en PISA 2012.
Más de la mitad de los colombianos se desempeñan en los niveles más bajos.
Colombia casi no tiene alumnos en los niveles más altos de desempeño.
Las mujeres colombianas son las más desaventajadas de América Latina.
Los alumnos más pobres se desempeñan mucho peor que los más ricos.
A los estudiantes de zonas rurales, les va peor que a los de zonas urbanas.
Los estudiantes que repiten de grado se desempeñan peor que sus pares.
Quiénes no asistieron al preescolar por más de un año se desempeñan peor.
Las escuelas públicas y privadas con alumnos similares, se desempeñan igual.
La duración del calendario escolar no parece estar relacionada al desempeño.
La formación inicial de los docentes colombianos varía ampliamente.
Los salarios docentes son comparables a los de países de nivel de ingresos similar.
La muestra estudiantil del 2009, no difiere mucho de la del 2012. Los cambios en las muestras no alteran la tendencia del desempeño colombiano.
Valdría la pena conocer que se ha hecho del 2012, y así comparar los nuevos resultados de PISA ahora, en el 2026, con los que acabamos de transcribir. Y si no hay progresos evidentes valdría la pena conocer cuáles son los cambios que se están introduciendo en el sistema escolar para mejorar los indicadores sobre Colombia. Y no sobraría una preocupación manifiesta de la sociedad civil y de sectores relevantes sobre la necesidad de mejorar esos índices.
Felipe Barrera, experto en educación, entrevistado por Mauricio Reina en El Tiempo diagnostica así el resultado: "Colombia está en un equilibrio de baja calidad en la educación": el presupuesto aumenta, pero "los resultados están estancados en un nivel bajo." No hay progreso, no hay mejoras. Estancados.
Bogotá, D. C, 20 de septiembre 2026
*Analista político, catedrático, exministro de Estado.
En medio de las secuelas del temblor, Colombia habla hoy de guerra sin que muchos se pregunten cómo impedir que una nueva espiral de violencia arrebate el futuro y debilite la democracia
Por: Hubert Ariza*. - Con la llegada al poder del presidente Abelardo de la Espriella, la narrativa de la victoria militar sobre las organizaciones armadas ilegales —guerrillas, narcos o paramilitares— ha vuelto a ser el sello del acontecer nacional. La política de paz total quedó en el pasado. Los halcones están de regreso, esta vez protegidos por el Escudo de las Américas y la estrategia de seguridad nacional de Donald Trump.
Los cadáveres de ilegales abatidos en bombardeos o en operativos de fuerzas especiales, metidos en bolsas blancas y presentados como trofeos de guerra, son el símbolo inicial de un Gobierno que archivó la palabra negociación y privilegia el uso legítimo de la fuerza del Estado contra quienes insistan en la acción criminal.
Las mesas de diálogo con las disidencias de las FARC, el Clan del Golfo o las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, ACSN, fueron cerradas y los negociadores despedidos. El Tigre sacó de Palacio a las palomas. No queda siquiera, como antaño, la del maestro Fernando Botero, que adornaba los salones de la Casa de Nariño. Petro la retiró antes de terminar su mandato. Hoy los bombardeos y la fumigación aérea son la realidad en zonas bajo el dominio de guerreros y economías ilegales.
La bandera de la paz ya no ondea en ninguna sede gubernamental. De la mano tendida, el país pasó al puño cerrado. El Tigre ha sido claro: “Bandido que no se someta será dado de baja”. Así lo dijo el 17 de septiembre en San Juan del Cesar, La Guajira, el mismo departamento donde, días antes, fueron abatidos alias Bendito Menor y su esposa, alias La Bebecita, cabecillas de las ACSN. Un golpe que produjo titulares y reafirmó la política oficial de seguridad.
Los diálogos, los ceses al fuego y las vías pacíficas para lograr la desmovilización de los ejércitos irregulares son pasado. El Gobierno impuso una salida: sometimiento o muerte. La regla es elemental. Quien abandone la guerra encontrará una vía jurídica para acogerse a la justicia. Quien persista en el narcotráfico y el terrorismo sentirá el peso de la ley y de un Estado que no dudará en extraditarlo, extinguir sus bienes o darle de baja. El futuro de la ilegalidad no es una mesa de negociación, sino una bolsa blanca o un sometimiento en condiciones todavía desconocidas. El Tigre no juega al gato y al ratón.
El Congreso espera que el ministro de Justicia, Iván Cancino, presente el proyecto de ley que el Gobierno denominará de “acogimiento”, buscando darle un sello de magnanimidad. Pero sometimiento y acogimiento no son sinónimos de negociación: expresan la fortaleza de un Estado que deberá ofrecer, a cambio de la entrega de fusiles, bienes y verdad, mucho más que un futuro de privación de la libertad.
Un factor innegociable de ese proyecto, para un sector del Congreso, debe ser la protección de las víctimas, con garantías de justicia, verdad, reparación y no repetición. El Pacto Histórico, minoritario en el Legislativo, tendrá una auténtica prueba de fuego.
El acogimiento de los guerreros será una puerta que el Gobierno deberá abrir sin repetir los errores del pasado. Allí entra la justicia transicional, llamada a garantizar verdad, justicia, reparación y no repetición. Colombia ya ensayó estos mecanismos y cada proceso dejó lecciones. De Justicia y Paz, aplicado a las AUC durante el Gobierno de Uribe, quedó una parte de la verdad. De la JEP, nacida del Acuerdo de La Habana, quedaron el esclarecimiento de los falsos positivos y la responsabilidad que las FARC se atribuyen en el magnicidio de Álvaro Gómez Hurtado.
Es difícil pensar en un sometimiento a la justicia sin una justicia transicional. Lo paradójico es que esta iniciativa se presente cuando la extrema derecha ha buscado asfixiar a la JEP, con propuestas como la del senador Enrique Gómez Martínez, que plantea quitarle 100.000 millones de pesos a esa instancia para trasladarlos a la justicia ordinaria, bajo el argumento de contribuir a la descongestión judicial.
¿Y la verdad? ¿Cómo se garantizará el conocimiento de los nombres de quienes han alimentado e instigado la guerra, el narcotráfico y los crímenes de lesa humanidad cometidos por actores armados ilegales durante décadas? La pregunta es poderosa, precisamente porque Colombia es un referente global en procesos de justicia transicional. ¿Se echará por la borda todo lo andado o se construirá sobre lo construido, privilegiando a las víctimas?
La nueva estrategia de mano dura implica un aparato militar más fuerte, una inteligencia coordinada y una justicia robusta. E impedir que se recicle la violencia. En apenas 10 años, las FARC firmaron la paz, se desmovilizaron, surgieron las disidencias y sus hombres ya suman más de 10.000. La lección es clara: hoy las guerrillas y los grupos paramilitares reúnen cerca de 30.000 hombres en armas. No basta matar cabecillas; hay que derrotar las condiciones que generan esas organizaciones.
Colombia ha sido un laboratorio de guerra en medio de una geografía hostil: tres cordilleras, selvas de difícil acceso, dos océanos, fronteras porosas y regiones donde la presencia estatal ha sido débil o intermitente. La paz estable y duradera no nace exclusivamente del imperio de la fuerza ni de la paz romana.
Requiere acción integral del Estado. La inequitativa distribución de la tierra es el corazón del conflicto. Si ese tema sigue sin resolverse, si se revierte el camino recorrido en los últimos años y se promueve una nueva contrarreforma agraria, sin atacar la pobreza rural y la exclusión de las comunidades, la guerra germinará de nuevo de forma silvestre en los territorios.
Toda estrategia de guerra exige ganar a la población civil. Y aquí aparece un asunto esencial: la defensa de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario. Colombia ya vivió períodos duros de represión contra la población civil. Los asesinatos de líderes sociales son una vergüenza para cualquier democracia. Los falsos positivos son una cicatriz que aún duele. El eco del estallido social de la pospandemia todavía se escucha. El recrudecimiento de la guerra no puede elevar el síndrome de república bananera que Colombia ha padecido durante décadas.
El Tigre ruge y el eco de sus sentencias atraviesa las selvas, donde miles de hombres armados atentan contra la democracia. El Congreso tendrá que debatir la ley de sometimiento teniendo en cuenta los procesos de paz anteriores, el apego del país a los acuerdos internacionales de los que forma parte y la propia Constitución, cuyo artículo 22 señala que la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento.
Está, además, la lucha contra el narcotráfico. Colombia continúa descertificada por Estados Unidos, que no ha suspendido la ayuda acordada y expresó confianza en que el Gobierno De La Espriella logre resultados. Demostrar que el glufosinato mata la mata, pero no la vida humana, ni convierte las selvas en desiertos, será un enorme reto para el Gobierno. También lo será ofrecer alternativas económicas y una propuesta de desarrollo rural integral que impida que la narrativa de la ilegalidad gane la partida.
En medio de las secuelas del terremoto, Colombia habla hoy de guerra sin que muchos se pregunten cómo impedir que una nueva espiral de violencia arrebate el futuro y debilite la democracia. Solo más democracia, respeto por la vida de los líderes sociales, garantía plena de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario, protección de las comunidades asediadas por la ilegalidad y una política económica que impulse el desarrollo, proteja el medio ambiente e impulse la descentralización impedirán que el país regrese al pasado de campos sembrados de tragedia y jóvenes cargados de odio, dispuestos a empuñar las armas para clamar venganza.
Bogotá, D. C, 20 de septiembre 2026
*Periodista, internacionalista y analista político.
Tomado de El País.
La USO tiene que volver a ser una organización democrática…. En la USO se debatía intensamente, pero se procuraba el consenso antes que ir a una votación. Porque no hay democracia sin deliberación.
Por Edwin Palma Egea*. - Veinte años no es nada, dice Gardel, y veinte años es poco frente a la suma de las historias de cientos de miles de trabajadores y trabajadoras que han participado de la vida de la Unión Sindical Obrera en casi 104 años de historia, más de un siglo de lucha.
Mi historia en la USO puede haber sido corta en comparación, 20 años. Pero desde el primer día y hasta hoy mi vida política y social está marcada por esa cultura centenaria, por la letra de La Internacional, el himno de la clase obrera y por la Plataforma de Lucha, siempre incluida en las ediciones de los estatutos.
El pilar de la Plataforma de Lucha de la USO al parecer era hasta hace pocos meses “el mejoramiento moral, intelectual y económico de las clases trabajadoras”, conquistar la completa propiedad pública sobre los recursos energéticos del país y la lucha por la soberanía energética del pueblo colombiano sobre esos recursos, no solo los del subsuelo, sino en toda la cadena de la energía. Esa plataforma fue perseguida con violencia por la oligarquía y todos sus gobiernos.
Y aunque hoy no lo quieran reconocer, nos encargaremos de que no se olvide, la excepción fue el gobierno del Cambio donde los trabajadores “participamos de las decisiones que nos afectan” como ordena la Constitución y por eso se ve antiestético y artificial ver a algunos compañeros risueños al lado de quien sin duda representa a los represores del sindicalismo y de la USO.
Tampoco podrán esconder que el centro de la historia de la USO, su gran logro, sigue siendo la creación de una empresa pública, Ecopetrol, para que a través de ella el pueblo colombiano ejerciera la soberanía energética y alcanzáramos la segunda independencia nacional.
La segunda independencia no es invención de Petro, es la bandera de los mineros y campesinos de Bolivia, de Chile, de México, de Perú o Argentina que, desde hace más de un siglo, es decir desde que se fundó la USO, han luchado por la independencia económica y política de nuestros pueblos. Petro aprendió esta idea con la USO en Barrancabermeja y en su gobierno miles trabajamos para lograrla pacíficamente, pero con decisión.
La USO me enseñó a defender lo público y en el sindicato conocí la epopeya de la huelga de 1948, un paro nacional que ganamos con Diego Montaña Cuéllar y Apolinar Díaz Callejas. Y con el apoyo sin restricciones de Jorge Eliécer Gaitán y de la CTC.
En la USO aprendimos que la violencia y la persecución sistemática que ha sufrido el sindicato y seguirá sufriendo en este cuatrienio, es consecuencia de la visión de la oligarquía colombiana de tratarnos como el “enemigo interno” que hay que destruir, eliminar o destripar.
También lo aprendimos en las calles. En la USO nos opusimos a la escisión y la “democratización” accionaria, porque entendimos sin vacilar que era un eufemismo de la privatización que por estos días vuelve a estar al orden del día. La última huelga llamada “patriótica” costó más de 340 despedidos y en lo personal, casi tres meses de cárcel.
La USO hizo asambleas por la paz, para promover la solución política al conflicto armado y “sacar el petróleo de la guerra”. Luchó por el fin de concesiones petroleras o la división de los mercados del gas o la distribución de combustibles. No eran solo luchas salariales y gremiales.
La USO nunca se “patevaqueó”, hizo lo que tenía que hacer y sobrevivió. Y por más que hoy algunos lo quieran borrar, es una organización de izquierda, nacionalista y popular. Dejar que nos encierren en la “malla” y solo en la conversación sobre producción de petróleo, gas y su refinación, es condenarnos a la venta por cualquier peso cuando ya no se consuma y a despedir a miles de trabajadores con centavos de indemnización, empobreciendo vastos territorios de la nación y sobre todo dejándole el negocio de las nuevas fuentes de energía al oligopolio eléctrico con condiciones precarias de empleo y sin sindicatos.
La USO tiene que volver a ser una organización democrática. Una en la que no se expulsaba al que pensaba distinto o que le entregaba la cabeza del contradictor al “patrón”. En la USO se debatía intensamente, pero se procuraba el consenso antes que ir a una votación. Porque no hay democracia sin deliberación.
La USO era una organización en la que siempre pensábamos en el país, la nación, el pueblo colombiano, los desfavorecidos y la clase trabajadora, de la cual los obreros petroleros somos parte. En la USO la formación política, ideológica y sindical era un pilar. El debate alrededor del plebiscito por la paz de 2016 fue un ejemplo de eso.
Por eso una foto, el mismo día de la derogatoria de circulares del Ministerio del Trabajo que favorecían a rapitenderos, empleadas domésticas o vigilantes sin un asomo de protesta por parte de la “vanguardia del sindicalismo colombiano”, es señal de insolidaridad, mezquindad y egoísmo.
La USO se opuso al “fracking” con aliados en el movimiento ambiental, indígena, parlamentario; lo consideraba en ese entonces lesivo para el medio ambiente, pero también contrario a los intereses de la nación. Acuñó, como hizo el movimiento sindical global, el concepto de “transición energética justa” e incluso trabajó de la mano con trabajadores del carbón y la electricidad en un proyecto de unidad que no logramos completar a pesar de su urgente necesidad.
Y con todas las diferencias y discusiones que se pudieran tener con el presidente Petro sobre la transición energética y la política petrolera, ha sido hasta ahora el único gobierno que no persiguió al sindicalismo, mucho menos a la USO. Petro recogió las banderas políticas de la USO, buscó en el Plan Nacional de Desarrollo que Ecopetrol pudiera producir y vender energía eléctrica; el Congreso y el lobby del oligopolio energético lo impidieron.
Propuso que la empresa pensara su futuro y avanzara en la transición para que a través suyo el Estado la liderara más allá de las fronteras colombianas, reformó los estatutos para darle un puesto a los trabajadores, le dio derechos a los trabajadores tercerizados, reconoció el estatus de sindicato mayoritario en Ecopetrol eliminando un pacto colectivo que durante 40 años lo mantuvo como minoría y durante su mandato conformamos asociaciones de pequeños mineros y de comunidades energéticas para darle poder y voz al pueblo sobre asuntos que les pertenecen.
Todo esto que resumo eran aspiraciones históricas del sindicato en todos sus pliegos y huelgas y nunca lo conseguimos; bastó un gobierno progresista para que se les reconociera. Mientras tanto, la empresa no se privatizó, no se marchitó la producción, se siguió explorando en los contratos vigentes, las reservas se mantuvieron, aumentó la carga a las refinerías y los conflictos se resolvieron democráticamente.
Hoy todo el debate de la política energética del país lo han reducido a que se haga o no el “fracking a lo que dé”, sin saber aún cuánto se podría extraer con ese método, sin plantear para qué el petróleo, o para quiénes sus utilidades, sin preguntarse por el medio ambiente, el agua, las comunidades. ¿Qué de diferente tiene hoy la agenda de la USO a la que históricamente ha defendido el ultraderechista sindicato Utipec, contra la que luchó la USO en Campo Rubiales hace varios años?
Mientras sucede esto con el sindicalismo más importante del sector, las petroleras en el país y en el mundo callan sobre sus beneficios tributarios, sus ganancias extraordinarias por cuenta de la guerra o sobre el neocolonialismo en Venezuela o Medio Oriente. La USO ya no está disputando ni el relato, ni mucho menos el poder ni planteando una agenda de transformación democrática para toda una nación que aún padece niveles de desigualdad, pobreza y exclusión que se profundizarán en este gobierno si lo permitimos. Ya se olvidó de hablar de lucha de clases, que, como dijo uno de los multimillonarios del mundo, existe, y la están ganando ellos.
Por eso vale la pena preguntar si todavía se canta La Internacional en la USO, aquel himno que abandera la noción de la autoemancipación humana de los explotados que invita a no depositar ilusiones en terceros (Ni César, ni burgués, ni dios) sino en la propia acción autotransformadora.
Bogotá, D. C, 16 de septiembre 2026
*Exministro de Minas y Energía.
Multiplicar el número de portadores de armas es una forma de incentivar la violencia, facilitando enfrentamientos, ataques, agresividad, asaltos, daños a los bienes públicos y privados, homicidios y feminicidios.
Por: José G. Hernández*. En los Estados Unidos, cuya Constitución (Segunda Enmienda) y la jurisprudencia autorizan el porte legal de armas de fuego por particulares -inclusive en lugares públicos-, han sido frecuentes y muy graves los ataques de francotiradores y las masacres, lo que ha llevado a diferentes posiciones adoptadas por quienes han ejercido la presidencia: mientras Barack Obama, por ejemplo, ha sido partidario de controles y restricciones, el actual presidente Donald Trump se niega a introducir cambios o a establecer reglas diferentes en la materia.
El principio vigente en Colombia es el inverso. Las directrices normativas de nivel constitucional son muy distintas. A la luz del artículo 223 de la Carta Política de 1991, sólo el Gobierno puede introducir y fabricar armas, municiones de guerra y explosivos. Hay un expreso monopolio estatal, una prohibición general muy clara y unas excepciones muy estrictas. Según el texto, nadie podrá poseer ni portar armas de fuego sin permiso de la autoridad competente. Este permiso está nítidamente delimitado. No se regla general. Dice la norma que “no podrá extenderse a los casos de concurrencia a reuniones políticas, a elecciones, o a sesiones de corporaciones públicas o asambleas, ya sea para actuar en ellas o para presenciarlas”.
Señala el artículo 2 de la Constitución que una de las primordiales finalidades del Estado consiste en “asegurar la convivencia pacífica”. La norma establece que las autoridades de la República están instituidas para proteger a todas las personas residentes en Colombia y para asegurar el cumplimiento de los deberes sociales del Estado y de los particulares.
Dice el artículo 217 que la Nación tendrá para su defensa unas Fuerzas Militares permanentes -Ejército, Armada y Fuerza Aeroespacial-, cuya finalidad primordial es “la defensa de la soberanía, la independencia, la integridad del territorio nacional y del orden constitucional”.
El 218 establece que la Policía Nacional, como cuerpo armado permanente de naturaleza civil, a cargo de la Nación, tiene por finalidad “el mantenimiento de las condiciones necesarias para el ejercicio de los derechos y libertades públicas, y para asegurar que los habitantes de Colombia convivan en paz”.
El Estado, entonces, está obligado a brindar garantías y orden público, con miras a hacer efectivas la seguridad, la tranquilidad y los derechos de todos los habitantes y comunidades, y para ello cuenta con la fuerza pública. El monopolio legítimo de las armas está en cabeza del Estado. Entre tanto, es excepcional su autorización para personas particulares. La pérdida de ese monopolio estatal genera pérdida de control, gran inseguridad y muchos peligros para la colectividad.
Al tenor del precepto constitucional, también como excepción, los miembros de los organismos nacionales de seguridad y otros cuerpos oficiales armados, de carácter permanente, creados o autorizados por la ley, podrán portar armas bajo el control del Gobierno, de conformidad con los principios y procedimientos que aquella señale.
Además de lo indicado, armar a los civiles no es la mejor manera de proteger a la población, de preservar la tranquilidad, la vida y la integridad de las personas. Multiplicar el número de portadores de armas es una forma de incentivar la violencia, facilitando enfrentamientos, ataques, agresividad, asaltos, daños a los bienes públicos y privados, homicidios y feminicidios.
Bogotá, D. C, 16 de septiembre 2026
*Expresidente de la Corte Constitucional
Al Qaeda fue debilitada, pero el terrorismo no desapareció. Mutó.
Por Amylkar D. Acosta M*. -Hay acontecimientos que no sólo hacen historia, sino que la parten en dos. El atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 fue uno de ellos. Aquel martes aciago el mundo contempló atónito, en tiempo real, cómo dos aviones comerciales se estrellaban contra las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York y, en el acto, cómo estas se desplomaban convertidas en una gigantesca montaña de escombros. Otro avión impactó el Pentágono y un cuarto cayó en Pensilvania.
El saldo fue aterrador: cerca de 3.000 muertos. Pero la verdadera dimensión del 11-S no puede medirse únicamente por el número de sus víctimas. Aquel día cambió la percepción que el mundo, empezando por el propio EE.UU, tenía de su propia seguridad y se alteró el curso de la geopolítica mundial.
Yo escribí sobre ello entonces. Apenas nueve días después, el 20 de septiembre de 2001, en mi artículo Colombia: país real, país virtual, me referí al impacto de aquellos atentados que habían reducido a cenizas las emblemáticas Torres Gemelas y golpeado el Pentágono. Mi preocupación inmediata, además del horror provocado por semejante acto de barbarie, apuntaba hacia sus repercusiones económicas. La economía mundial ya mostraba síntomas de desaceleración y aquel golpe introducía un ingrediente adicional de incertidumbre, que presagiaba su hundimiento.
Pocos días después volví sobre el tema en Una elegía por la paz. Esta vez mi preocupación trascendía la coyuntura económica. Me inquietaban las consecuencias políticas y militares que podría desencadenar la inmediata y contundente reacción de Estados Unidos. Dos hechos me parecieron entonces incontrovertibles: la enorme capacidad destructiva que había alcanzado el terrorismo y la vulnerabilidad del Estado frente a él, incluso tratándose de la mayor potencia económica y militar del planeta. Veinticinco años después vale la pena volver sobre aquellas reflexiones y confrontarlas con lo acontecido.
La reacción estadounidense no se hizo esperar. El Presidente George W. Bush proclamó la denominada “guerra contra el terrorismo”. El enemigo ya no era necesariamente otro Estado ni un ejército convencional claramente identificable. Era una organización transnacional, dispersa, clandestina y capaz de golpear desde las sombras. Ese cambio fue trascendental.
En octubre de 2001 Estados Unidos invadió Afganistán. El propósito declarado era destruir las bases de Al Qaeda, responsable de los atentados, capturar a Osama Bin Laden y desalojar del poder al régimen talibán que le había brindado refugio y protección. Dos años después, en 2003, vino la invasión de Irak. Se justificó alegando que el régimen de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva. Tales arsenales nunca fueron encontrados.
Aquí empezó a desdibujarse la frontera entre la legítima respuesta al terrorismo y una estrategia desmedida de intervención militar de mucho mayor alcance. Lo que comenzó como una operación contra los responsables del 11-S terminó convirtiéndose en una prolongada guerra global. Y fue costosísima, aún se prolongan en el tiempo y en el espacio sus repercusiones y secuelas.
Investigaciones del proyecto Costs of War de la Universidad Brown estiman que las guerras posteriores al 11-S comprometieron más de US$8 billones (trillion en la nomenclatura estadounidense) en gastos y obligaciones de Estados Unidos. El mismo proyecto estima en al menos 940.000 las muertes directas ocasionadas por la violencia en los distintos escenarios bélicos y calcula que, al incorporar las muertes indirectas derivadas de sus consecuencias, el saldo puede ascender a entre 4,5 y 4,7 millones de personas. Son cifras estremecedoras.
Afganistán constituye quizá la mayor paradoja de esta historia. Estados Unidos llegó allí en 2001 para desalojar a los talibanes. Permaneció durante dos décadas. Miles de vidas y enormes recursos después, las últimas tropas estadounidenses abandonaron Afganistán el 30 de agosto de 2021. Y los talibanes retornaron al poder. La historia parecía regresar al punto de partida. Ello no significa que esos veinte años hayan sido inútiles ni que Al Qaeda conservara intacta la capacidad que tenía en 2001. Osama Bin Laden fue localizado y dado de baja en Pakistán en mayo de 2011 y la estructura que organizó los ataques sufrió golpes devastadores.
Pero Afganistán dejó una enseñanza difícil de soslayar: la superioridad militar puede conquistar un territorio, derribar un régimen e incluso destruir un ejército, pero no necesariamente es suficiente para construir un Estado viable ni garantizar una paz duradera. Ese fue precisamente uno de los interrogantes que planteábamos cuando todavía humeaban los escombros de las Torres Gemelas.
Al Qaeda fue debilitada, pero el terrorismo no desapareció. Mutó. De sus ramificaciones y del caos generado por las guerras posteriores surgieron nuevas organizaciones. La más brutal y espectacular fue el autodenominado Estado Islámico —ISIS—, que llegó a controlar extensos territorios de Irak y Siria y proclamó un pretendido califato. A las organizaciones jerarquizadas se sumaron células dispersas por doquier y los llamados “lobos solitarios”. Internet y posteriormente las redes sociales se convirtieron en instrumentos de propaganda, radicalización y reclutamiento. El terrorismo y sus células aprendieron a desenvolverse en red. La amenaza dejó de estar concentrada exclusivamente en un territorio y se hizo ubicua.
Pero el 11-S no sólo transformó las relaciones internacionales. También modificó profundamente la vida cotidiana.
Medellín. Septiembre 11 de 2026
*Economista. Expresidente del Congreso y Exministro de Minas y Energía.
www.amylkaracosta.net
Confrontación de los mil días demuestra que el recurso a las armas no fue -ni es- el camino adecuado para resolver las diferencias entre los colombianos.
Por Juan Camilo Restrepo*. - Con el mismo título de este artículo, Luis Guillermo Vélez Cabrera ha escrito un libro fundamental sobre lo que fue la guerra de los mil días en Colombia.
Dentro de la abundante bibliografía que existe sobre aquella terrible confrontación que enfrentó a los colombianos a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la investigación histórica de Vélez Cabrera es, sin duda, uno de los mejores aportes que ha aparecido hasta la fecha.
“Aquella guerra eterna” tiene a mi entender un triple acierto. Es, en primer lugar, un detallado relato militar de absolutamente todas las batallas, escaramuzas y encuentros furtivos que tuvieron los alzados en armas contra las fuerzas gubernamentales en estos terribles tres años.
No se trata solamente de la descripción como es usual de las grandes batallas como fueros las de Peralonso y Palonegro. Es también el relato de la infinidad de encuentros armados que tuvo el conflicto, incluidas las batallitas guerrilleras, cuando la guerra convencional terminó en la práctica, luego de que los rebeldes liberales perdieron la batalla de Palonegro y resolvieron continuar la guerra (ya perdida) a través de una heroica prolongación durante más de un año recurriendo a los esquemas irregulares de los confrontamientos guerrilleros.
En segundo lugar, el libro de Vélez Cabrera nos introduce con acierto en lo que fue un verdadero conflicto internacional. La guerra colombiana fue atizada y financiada por los mandatarios de Venezuela, Ecuador y Nicaragua, Cipriano Castro, Eloy Alfaro y Santos Zelaya que resolvieron apoyar a fondo la rebelión liberal contra el gobierno de Sanclemente primero, y el de José Manuel Marroquín enseguida.
Y, por último, el libro nos conduce con mano segura a través de una serie de afortunadas semblanzas de los grandes personajes de la guerra: Uribe, Manuel Casabianca, Benjamín Herrera que tuvo permanentes desencuentros con el general Uribe, Vargas Santos el director general de la guerra de los rebeldes, el general Próspero Pinzón. Y ya al final del conflicto el retrato de personajes como Aristides Fernández brazo armado del recalcitrante grupo de intransigentes que rodeaba a Marroquín y que hizo casi imposible que se llegara a unos entendimientos mínimos y tempranos de paz.
El libro constituye una afortunada galería de todos estos personajes de ambos lados que dirigieron o influyeron decisivamente en la guerra.
En la guerra murieron -es la cifra canónica que se acepta- 100.000 compatriotas. Si se tiene en cuenta que en aquel entonces Colombia tenía solamente 4 millones de habitantes, la sangre de colombianos derramada en el conflicto fue enorme.
La visión del autor sobre Caro y Uribe es más severa de lo que habitualmente señalan los otros historiadores del conflicto. “Los radicales de ambos bandos habían conducido al país al abismo a finales de 1899, sin ningún tipo de justificación diferente a su propia miopía. Rafael Uribe y Miguel Antonio Caro, los padres putativos de la debacle, no han tenido el reproche histórico que sus actos irresponsables merecen”, dice el autor.
Ahora bien: ¿Sirvió de algo este conflicto fratricida fuera de lanzar a Colombia a un tremendo baño de sangre con aquella eterna guerra civil de tres años, que envenenó la convivencia pacífica por muchos más?
La guerra no sirvió para nada. Pero si deja una lección final que es la que destaca el autor con acierto: la confrontación de los mil días demuestra que el recurso a las armas no fue -ni es- el camino adecuado para resolver las diferencias entre los colombianos.
Bogotá, D, C. 14 de septiembre 2026
*Abogado y Economista. Exministro de Estado.
Indispensable que cuente con una burocracia eficaz, que sea como el modelo de la que buscaría propiciar en otras entidades del Estado, para así realizar misiones generales y especiales.
Por Fernando Cepeda Ulloa*. - Luego de su desempeño estelar como vicepresidente electo y como vicepresidente en ejercicio, el exrector de varias universidades ha recibido, por medio del decreto 1373 del presente año, un repertorio de funciones generales y otras especiales que responden muy bien a la eficiencia que José Manuel Restrepo ha mostrado y a necesidades de gobernabilidad que no siempre han contado con un alto funcionario que las realice.
El vicepresidente Restrepo pasa a ser el coordinador, articulador y armonizador de la tarea gubernamental en todos los sectores y en todos los niveles. El decreto le otorga unas misiones o encargos generales y otros especiales. Y lo autoriza para expedir instructivos, circulares y documentos para cumplir con su formidable tarea. Y se aclara que no implican subordinación.
La misión general la establece el artículo primero que conviene reproducir textualmente: “(...) coordinación inter institucional e intersectorial de las iniciativas de interés nacional en materia de transformación del Estado, educación, recursos estratégicos, seguridad energética, crecimiento, económico, productividad, estabilidad, macroeconómica, desarrollo de inversión nacional y extranjera, e inserción estratégica de Colombia en el contexto internacional”. Cómo se ve se trata de una misión bien general que cubre asuntos internos y también la dimensión internacional.
Tan sólo está poderosa enumeración de tareas sería más que suficiente para hablar del empoderamiento del vicepresidente. Y lo cual, sobre decirlo, requerirá de un equipo de alto nivel en la vicepresidencia.
Miremos ahora las misiones especiales que el artículo segundo le confía para " coordinar y articular" varias actividades, así:
"Creación e implementación de la estrategia Talento ColombIA " la economía, basada en el conocimiento y las competencias que demandan la inteligencia artificial, las tecnologías y la exportación de servicios"
"La modernización, simplificación e interoperabilidad del Estado."
"Las acciones orientadas a dinamizar los proyectos relacionados con recursos estratégicos, como son, entre otros, la generación y transmisión de energía, hidrocarburos, minerales, críticos y las energías renovables".
"La estructuración, atracción, facilitación, aceleración y materialización de inversiones estratégicas(...) así como brindar acompañamiento en la internacionalización de la economía, con la construcción de bancos de proyectos estratégicos, la realización de semanas de inversión, Semanas Milagro en distintas partes del mundo procurando la integración de Colombia, a las cadenas globales de valor y el fortalecimiento para el crecimiento".
"Acciones de apoyo a la productividad, la competitividad, la agroindustria, la tecnologías y actividades de innovación financiera, la estabilidad macroeconómica, así como el crecimiento de la economía nacional".
Y como si ello no fuera suficiente el inciso sexto añade: "las demás misiones que resulten necesarias para el cumplimiento de la misión general prevista en este artículo".
No encontré la forma de resumir ese decreto y, por ello, lo he transcrito casi en su integridad. Así queda bien claro que en realidad este vicepresidente ha recibido un empoderamiento como ninguno de sus antecesores. Ni siquiera Germán Vargas Lleras lo obtuvo. Una excelente señal de la confianza, bien fundada, que el presidente De la Espriella tiene en su vicepresidente; de esta manera hemos visto una evolución en las funciones de la vicepresidencia, un cargo que en otras ocasiones dio lugar para designaciones específicas, embajadas o ministerios o algunas tareas similares a las que aquí se contemplan, pero jamás del alcance que las que establece este decreto. Un buen tema para los estudiosos de la vicepresidencia en Colombia y en otros países, porque se trata de una institución muy controvertible que no siempre ha desempeñado tareas significativas. El vicepresidente Vance en Estados Unidos también adquirió una relevancia que no era tan común en ese país para quienes ostentaron ese cargo.
Es indispensable que el vicepresidente cuente con una burocracia eficaz, que sea como el modelo de la que buscaría propiciar en otras entidades del Estado, para así realizar misiones generales y especiales, tan complejas y abrumadoras.
Bogotá, D. C, 13 de septiembre 2026
*Analista político, catedrático, exministro de Estado.
Una de sus grandes satisfacciones al retirarse de la SAC en 2016 fue haber contribuido en algo a disminuir esa brecha entre las dos Colombias.
Por: José Félix Lafaurie Rivera*. - Murió Rafael Mejía. Y aunque quizás la gran Colombia urbana no conozca mucho de él, para el sector agropecuario, para sus agricultores, para “el campo”, que hoy llamamos la Colombia rural, la partida de Rafael es una gran pérdida que entristece. Se fue uno de los dirigentes gremiales más importantes que tuvo el sector agropecuario y el país en las últimas décadas.
Escribiendo estas líneas recordé un planteamiento compartido y una bandera suya durante los 15 años como presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia, SAC: La urgencia de reducir la brecha entre lo rural y urbano, producto del sesgo de los modelos de desarrollo.
En un libro que escribí hace años sobre el posconflicto, que se ha asomado sin dejarse ver, como la paz, dejé una frase sobre ese sesgo antirural, que no es sino otro nombre para el abandono del campo por parte del Estado: “El campo no ha tenido enemigos, pero le han faltado amigos en los niveles de formulación de política pública y de toma de decisiones”.
Aunque los gremios no son responsables de la política pública, sí tienen incidencia en ella por la representación que ostentan. En ese contexto, Rafael fue siempre un excepcional “amigo del campo”. Como le manifestó a CONtexto Ganadero, el periódico virtual de FEDEGÁN, una de sus grandes satisfacciones al retirarse de la SAC en 2016 fue haber contribuido en algo a disminuir esa brecha entre las dos Colombias.
Nuestra relación no fue meramente circunstancial. Fuimos colegas en distintos escenarios de la institucionalidad agropecuaria: la Comisión Nacional de Crédito Agropecuario, Finagro, el ICA y Vecol, además de los espacios donde coincidíamos en representación del sector. Fueron muchas horas alrededor de una mesa defendiendo los intereses de los productores agropecuarios en temas críticos: recursos, crédito, precios, costos, crisis climáticas, competitividad, comercio exterior…
Allí conocí de cerca al dirigente y también a una persona rigurosa, disciplinada, amable. Rafael no llevaba a una reunión solamente posiciones, sino argumentos, que defendía con verticalidad, pero sin exaltación; con respeto y mesura. Conocía el campo y sabía que detrás de cada decisión de política pública había familias, empleos y regiones que podían beneficiarse o perjudicarse.
Su trayectoria al frente de la SAC coincidió con un periodo intenso para el sector agropecuario, de apertura comercial y discusiones sobre competitividad, de cara a la negociación de Tratados de Libre Comercio.
En esos “cuartos de al lado” libramos importantes batallas. La negociación del TLC con Estados Unidos puso sobre la mesa una realidad que los negociadores pretendían ignorar: En los temas agropecuarios principalmente, la asimetría era evidente. Nuestros productores debían competir con un sector altamente tecnificado, soportado en una infraestructura rural inmejorable y con gran apoyo estatal.
Por la misma condición asimétrica, la negociación con la Unión Europea resultó más compleja, particularmente para el sector lácteo, en cuya defensa hicimos frente común. Nuestra posición nunca fue contra el comercio, pero le advertimos al Gobierno que abrir el mercado sin construir previamente condiciones de competitividad podía terminar convirtiendo la oportunidad en amenaza para nuestros productores.
Como tuvimos estratégicas coincidencias, no faltaron profundas diferencias, quizás no personales, sino desde nuestra esquina de la dirigencia gremial. La más significativa fue la decisión de la SAC de apoyar –con distancia, pero al fin apoyo– las negociaciones del gobierno Santos con las Farc, que FEDEGÁN, por el contrario, rechazó abiertamente.
Fueron valoraciones gremiales diferentes e igualmente respetables de las decisiones del Gobierno, que ventilamos públicamente en ocasiones, sin que nunca esas diferencias afectaran el respeto mutuo.
Mi adiós y el de los ganaderos colombianos a Rafael: ganadero también y un excepcional “amigo del campo”.
Bogotá, D. C, 14 de septiembre 2026
*Presidente Fedegan.
@jflafaurie
Ni ministros, ni altos funcionarios podrán dar declaraciones. Ojo: la alegría, ilusión y aliento con los que se ha recibido al nuevo Presidente, pueden truncarse.
Por Gabriel Ortiz*. -La teleaudiencia nacional, fue invadida esta semana por dos recuerdos que satisfacían al país cuando empezaban las noches repletas, como ahora, de las más terribles noticias.
No existían entonces esas férreas jornadas de solo 8 horas repartidas en tres turnos que hoy impiden a la gente la salida y llegada a los hogares para disfrutar de la unidad familiar. Solo los periodistas nos entregábamos, sin horario, a buscar los hechos de interés para la gran audiencia.
Era la radio la encargada de abrir ojos y oídos del público, como lo pregonaba Alberto Acosta. Las sombras de la noche iban matizando a saltos de canguro, todo el panorama nacional. La televisión, reunía a todas las familias y las congregaba en las salas frente a una pantalla en blanco y negro… que luego fue tomando color y nuevos rumbos de interés, según las edades de los presentes.
Unas imágenes de atención con música despertadora, se iban disipando, para darle ingreso a un paisa de buena imagen y mucha simpatía, que en El Noticiero de las 7, advertía a la gente la sobre iniciación del acontecer de cada día, con este agradable parlamento: “Buenas noches: paz, salud y buen genio”, que de inmediato robaba la atención nacional con los hechos de un, casi siempre pesado día. Esa era la costumbre en esa época, un poco menos en la actual y parece desaparecer en la que viene.
El antioqueño Juan Guillermo Ríos, había empezado en radio, pero era un inquieto reportero que penetraba cuanto lugar había. Podría decirse que hasta este domingo 6, cuando entregó su alma al Creador. Su vida era una historia permanente aquí y en el exterior, ya que el expresidente López lo nombró en la embajada de Colombia en Francia, cosa que aprovechó para aprender francés que aprendió a la perfección y le permitió avanzar en su profesión de reportero y director de televisión. Su espíritu lo llevó a mantener esa premisa de “paz, amor y buen genio”, que aplicó en todas sus actividades y últimamente en las cátedras que ejerció en escuelas de periodismo, sobre reportería. Quienes éramos sus amigos y compartimos conferencias, podemos certificar esa erudición.
Los invito a escuchar la maravillosa y apasionante biografía hablada de Juan Guillermo Ríos, que magistralmente elaboró Daniel Coronell y que está recorriendo las redes sociales en “El Reporte Coronell”.
La oportunidad de Silva
Ese mismo domingo 6 de agosto, la señal del dolor se apresuró a golpear al periodismo colombiano, cuando Darío Silva, entregó su alma al Creador. Fue otro de los grandes de esta profesión que, infortunadamente vacacionó, cuando se dedicó a crear un culto religioso que lo obligó a recorrer varios países, buscando millares de feligreses que lo seguían con devoción y apego.
Fue un gran director de noticias que compartió con Darío Restrepo Vélez, otro de los importantes reporteros de prensa, radio y TV. Fueron ellos los creadores y sostenedores -hasta cuando la política se los permitió- del Noticiero Noticolor. Cuando lo emprendieron, le aplicaron técnica, sabiduría, modernidad y profesionalismo. “Chiviaban”, a casi todos los medios, gracias a su amistad con el presidente Turbay. Siempre eran los primeros y por ello los de mayor audiencia.
Darío era un erudito, culto e ilustrado, al finalizar las emisiones del noticiero, tenía un comentario, casi siempre político, con temas de mucha actualidad. Muchos lo criticaban por sus matices, pero todos lo veían.
Siempre finalizaba el informativo y su columna con estas palabras: “Buenas noches y hasta una próxima oportunidad”.
Hasta una próxima oportunidad querido Darío. Dios te tenga su gloría.
BLANCO: La firmeza con la que imponen el “periodismo bodeguero” que impuso Petro y ahora trata de establecer Abelardo. ¿Cómo se quiere silenciar la información estatal, que ahora obligatoriamente tendrá que salir de Palacio?
NEGRO: Ese es el peligro en que se encuentra la libertad de prensa. Todo quedará en poder de las bodegas y de los sumisos periodistas. Ni ministros, ni altos funcionarios podrán dar declaraciones. Ojo: la alegría, ilusión y aliento con los que se ha recibido al nuevo Presidente, pueden truncarse.
Bogotá, D. C, 11 de septiembre 2026
Periodista. Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y Notisuper.